Vivir para Transformar al Mundo 
Hace unos meses, la revista Time publicó una edición especial dedicada a los cien personajes que cambiaron la historia del mundo. En un primerísimo plano, cabe destacar a los más eximios fundadores de las más grandes religiones: Jesús, Mahoma y Buda.
Luego la lista es muy larga: sabios de la antigüedad; científicos de todas las eras; estadistas y políticos que movieron a las masas; sublimes filántropos y humanistas que exaltaron la dignidad del hombre; excéntricos artistas cuyas apoteóticas creaciones elevaron el espíritu hacia arcanas alturas.
Pero también están incluidos los nombres de los tristemente célebres dictadores y caudillos que, en su paso por la historia, sembraron dolor y muerte.
Hay de todo en la historia de nuestra humanidad. Hay luces y sombras. Hay trigo y hay cizaña. Hay motivos para sentirnos orgullosos. Y hay también razones para sentir vergüenza de ser hombres.
Algo digno de orgullo: en los anales de la historia de los años 40s, hubo un hombre hindú que propagó la revolución más radical: la revolución no violenta. Su nombre fue Ghandi (literalmente, “Alma Grande”).
En 1947 la India obtuvo su independencia de la corona británica, sin un masivo derramamiento de sangre. El legado de Ghandi –de una revolución pacífica– cruzó el Atlántico e inspiró la cruzada por los derechos civiles en Estados Unidos, dirigida por Martin Luther King Jr., dos décadas más tarde, lo que a la postre condujo al reconocimiento de los derechos inalienables de los afroamericanos.
En 1957, el propio Luther King declaró a las masas haber tenido un “sueño”: que algún día sus hijos no serían juzgados por el color de su piel, sino por el carácter de su persona. Sin duda, ni los presidentes Washington ni Jefferson –quienes habían sido dueños de esclavos– pensaron que algún día ese sueño se haría realidad, y que un afroamericano llegaría a ser electo presidente de esta nación.
A veces la historia se escribe de la manera mas impredecible. En las calles de Indonesia, entre los años 1967 y 1971, nadie se imaginó que el niño Obama –criado solamente por su madre y abuela en ese país– sería un día el primer mandatario del país mas poderoso, o laureado con el Premio Nobel de la paz.
Otro personaje carismático y fascinante en el panorama mundial fue el papa Juan Pablo II, considerado como el segundo hombre más importante de Polonia, después del gran Copérnico.
Karol Wojtyla, desde su niñez, se percató de la gran maldad que anida en el corazón humano. Desde niño vió volar aviones asesinos, destruyendo vidas, atemorizando niños, causando el pánico y la zozobra en las ciudades y aldeas mas remotas. Perdió a su mamá Elena a los siete años, a su hermano Raymundo a los nueve años. Recién salido de la adolescencia se quedó solo, sin su padre, y con mil interrogantes sobre el curso de su vida.
Sin embargo, en 1978, ese niño solitario de Polonia entró a la escena mundial para ser protagonista de los grandes acontecimientos que cambiaron el curso del siglo XX. Es el hombre que batió todos los récords: visitó 129 naciones, realizó 703 entrevistas con jefes de Estado, canonizó a 482 seres humanos, pronunció 2,412 discursos, viajó 1,163,865 kilómetros.
Las dos décadas que pasó en compañía de su padre fueron decisivas en la formación de sus ideales. Su mas sublime ideal: construir la civilización del amor.
Pero también hay que resaltar la otra cara de la moneda. También hay cizaña. De hecho, el trigo y la cizaña siempre crecen juntos. El 20 de abril de 1889 nació en el territorio austrohúngaro uno de los personajes mas polémicos de la historia. Adolf Hitler ha sido señalado por la historia como el responsable del exterminio de más de diez millones de hermanos judíos. Fue un militar, político, escritor, activista y pintor, que dió una gran lección a la humanidad: el odio racial reduce al homo sapiens a los niveles mas primitivos y barbáricos.
En la década de los 40s, el siniestro fuhrer alemán, experimentó un gran repudio por las razas y las culturas, y creyó que su raza dominaría a todo el mundo. En la Europa de hoy quedan los mudos vestigios de ese vergonzoso pasado. Los museos de los campos de concentración –que preservan la memoria histórica– ahora son himnos de piedra que con su elocuente silencio cantan la bajeza y la grandeza del hombre. Nuevamente, el trigo y la cizaña crecen juntos.
Pero debemos pensar que es mas el bien que el mal, aunque no se note. El bien no suele ocupar los encabezados de los periódicos. Convenimos en que la lista de personajes es vasta y algo esperanzadora. En medio de nuestros grandes logros, y de nuestros mas aberrantes errores, nuestro corazón alberga la ilusión de dejarse cautivar por el gran calibre moral de más personajes: ¿seremos testigos pronto de la invención del antídoto contra el cáncer? o ¿presenciaremos una tercera guerra mundial?
Nadie sabe que nos depara el destino. Esperemos lo mejor. Y sembremos lo mejor en nosotros. No necesitamos estar en los libros de historia; no necesitamos ser figuras mediáticas. Sin duda, el mundo se transforma radicalmente con nuestro sencillo aporte de cada día, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra vocación, en nuestra parroquia, etc. ¡Si! Aplaudamos a los grandes, pero, nosotros sintámonos también grandes, en nuestro trabajo silencioso y quizá anónimo de cada día. Vivamos siempre para el servicio a los demás.

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El Antídoto que Todo lo Cura 
Un hombre sometió a juicio al mundo, y teminó condenándolo, por las cosas que hace, por las que ha hecho, y por las que ha dejado de hacer. La sentencia decía: “Mundo, yo te enjuicio y te declaro culpable. Si, te declaro culpable por los niños explotados que mueren de hambre, sabiendo que hay pan para todos; por los hombres que se han armado hasta los dientes y se matan por tus mezquinos intereses; por ocultar la justicia y entregarla con una brutal impureza; por haber asesinado a seis millones de hermanos judíos; por las personas que no tienen casa, comida o un techo en donde descansar en paz; por las muertes de tantas personas pobres que se quedan afuera de un hospital; por reprimir la ternura hasta agotarla; por matar a tantos niños en el vientre de su madre; por inyectar orgullo y malicia en la sangre de tantos hombres; por todo el daño que has hecho a la humanidad; por las enfermedades con las que nos has contagiado: avaricia, lujuria, injusticia, y explotación. Estás enfermo. Estás de luto. Te declaro culpable”. He aquí una crítica muy severa al mundo. No hay duda. Pero dice el refrán que “a los grandes males, grandes remedios”. El cáncer no se cura con una aspirina. El mal solo se cura con el amor. Efectivamente, el amor es para muchos el antídoto mas eficaz para el mal. Pero si decimos que el amor cura, entonces surgen muchos interrogantes: ¿Qué es el amor? ¿Cómo se puede medir? ¿Es acaso una sustancia química que estimula la producción de neurotransmisores en el cerebro? ¿O es una actitud existencial que está en la mente, y no en el cerebro? ¿Es la apertura al ámbito del otro? En un sentido religioso, la Biblia dice que “Dios es amor”. ¿Podríamos afirmar entonces que “el amor es Dios”? ¿O que amar es impregnarse de Dios, o participar de la esencia de su divinidad? Hay textos bíblicos que ven el amor como un imperativo moral: “amaras al Señor tu Dios, con todo tu corazón…. y a tu próximo como a ti mismo”. Otros textos lo describen: “El amor es paciente, es servicial, no se irrita, todo lo cree, todo lo espera... Antony de Mello reitera que: “Amar es regocijarse en la existencia del otro”. San Agustín de Hipona, por su parte, exclamo: “Señor, nos hiciste para tí, y nuestros corazones estarán inquietos hasta que no descanse en ti”. Los griegos clasificaban el amor en tres niveles de perfección: eros, filia y ágape. Eros era el amor sensual, erótico, basado en lo instintivo. Filia era un tipo de amor que iba mas allá de lo sentidos. Ágape era una especie de amor sacrificial, como lo que dijo Jesús: “nadie tiene más amor que aquel que da la vida por los demás”.Las grandes religiones fundamentan sus postulados en esta exquisita dimensión de la vida: amor. El islamismo, por ejemplo, tiene entre sus pilares fundamentales la práctica de el amor a los pobres, a los enfermos, a los caminantes, a los esclavos, a los deudores, etc. Incluso, es conocido entre los musulmanes el pasaje de una prostituta cuyos pecados fueron perdonados por Dios por quitarse un zapato y atarlo a su mascada para poder extraer agua de un pozo con el fin de darle de beber a un perro a punto de morir de sed (Bukhari 6,6). El budismo por su parte, sostiene que la benevolencia tiene tres características: la compasión , la gratitud y el gozo. Y la compasión es la capacidad de apertura al sufrimiento del otro, el único camino hacia la paz. El término “Dalai Lama” significa “mar de compasión” (o “mar de amor”, se podría decir).
La psicología no puede medir al amor, pero si establece que la experiencia de este tiene una notable influencia en la conducta humana. El amor puede ser sinónimo de salud mental, y el no-amor de neurosis y disfuncionalidad. Los que dicen amar le ven un profundo sentido a la vida. Los que se auto-valoran presentan una autoestima sólida, y toman decisiones sin demora. Los que se perciben amados se sienten vivos y están dispuestos a los grandes desafíos. El psicólogo Roger le llamó al amor “respeto positivo incondicional”. Como una especie de compasión terapéutica que, cuando es puesta en práctica con los que sufren, activa una sanación interna. William Glasser, el psicólogo de la terapia de la realidad, en su obra clásica escrita en 1963, preguntaba: Que es eso llamado amor? Y concluía que el ser humano necesita, para llegar a su máxima realización, “amar y ser amado”. El perdón, que sana las heridas del pasado, no podría ser posible sin estar impregnado por esa substancia o actitud llamada amor. En fin, los seres humanos hemos sido creados por el amor, y este sigue siendo el antídoto del mal. Otra anécdota: en un monasterio, un monje observaba atonito la escena de otro hermano que con su mano trataba de salvar a un alacrán de morir ahogado en un estanque de agua. En el momento es que lo sacaba del agua, la alimana vertia su veneno en la mano del monje. Al reaccionar el monje, el alacrán caía en el agua, y volvía a luchar por no morir ahogado. El monje nuevamente tomaba al alacrán fuera del recipiente, el cual volvía a picarle otra vez. La escena se repitió varias veces. Hasta que el observador le dijo: “Hermano, lo que quieres hacer es una locura. Como te atreves a salvar una alimana que es capaz de matarte”. El monje contesto: “la esencia del alacrán es picar y matar. La esencia del hombre es ayudar y amar”. Los psicólogos lo intuyen, y las religiones no dejaran de proclamarlo: el amor lo cura todo. Y al final de los tiempos, en la tarde del juicio final, “seremos juzgados en la ley del amor”.

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En Busca del Sentido 
Uno de los grandes personajes del siglo XX es Víctor Frankl. La historia de su vida es fascinante. Su legado es un gran monumento al humanismo, la exaltación del espíritu; es un himno a la existencia.
Este neurólogo judío estuvo prisionero en tres campos de concentración, en la segunda guerra mundial, y sobrevivió al holocausto. Después de la tragedia de los campos nazis, el viajó por todos los países contando su experiencia y proclamando que vale la pena vivir y que toda existencia, aún en las condiciones más miserables, tiene un sentido sublime.
La crónica de su vida quedó plasmada en su best seller “El hombre en busca de sentido”, que vendió más de 10 millones de copias, y ha sido traducido a 24 idiomas. Su producción literaria es vasta: escribió 34 libros y más de 700 artículos; enseñó en 200 universidades, y recibió 29 doctorados honoríficos.
Su creación se llama logoterapia (literalmente: sanación a través del sentido). Esta óptica psicoterapéutica establece que todo ser humano puede aguantarlo todo, si tiene por lo menos una razón por la cual vivir: “El que tiene un “porque” resiste cualquier “como”, decia Frankl. Sigmund Freud ya había afirmado: “En el momento en que uno cuestiona el sentido profundo de la vida, ya está enfermo”.
Víctor Frankl se preocupó mucho por la existencia de los demás. En su niñez soñó con inventar un antídoto que lo curara todo. En la escuela el recuerda que en una ocasión un profesor definió a la vida como: “un proceso lento de oxidación, sin una meta a la vista, y que lentamente muere y desaparece”.
Ese pesimismo existencial lo llevó a preguntarse: ¿Entonces, cuál es el sentido de la existencia? Y lo condujo a explorar los más profundos misterios de la vida, y a encontrar mil razones para vivir. Cuando tuvo su práctica privada consultó a más de 600 mujeres que estaban propensas al suicidio. El concluyó que aún los suicidas le ven un sentido a la vida, pero mal encauzado.
Para ayudar a sus pacientes deprimidos a buscar razones legítimas por que vivir, el solía iniciar el diálogo preguntando: ¿por qué no te suicidas? Muchos se preguntan cómo es que el doctor Frankl sobrevivió a las aberrantes humillaciones y torturas de los nazis. ¿Sería acaso una rara especie de hombre dotado de una coraza a prueba de todo? ¿O quizá es una muestra de la grandeza del espíritu, que como el ave Fénix, es capaz de elevarse sobre sus cenizas, en su afán de sobrevivencia?
Ya en el campo de concentración, el doctor Frankl se prometió a sí mismo que nunca se iba a suicidar, aunque llegara a la más profunda desesperación. Hizo un compromiso con su existencia. Le decía a un prisionero: “Lo que uno espera de la vida no importa; es más importante lo que la vida espera de uno”. En la prisión, el doctor Frankl era capaz incluso de guardarse un pedazo del mendrugo de pan que recibía, para compartirlo con un moribundo cuando fuera necesario.
Después de haber perdido a su esposa, sus hijos, su casa, su país, pensó que había algo que los verdugos no podían quitarle: su cuerpo, su piel. Pero con el paso de los días, y con la paupérrima alimentación que recibía, su cuerpo se torno en un cadáver viviente. Tuvo entonces que reevaluar su actitud ante la vida. Lo había perdido casi todo: su libertad, incluso su dignidad. Pero pensó que hay algo que nadie puede arrancarnos: nuestra actitud positiva ante la vida, ante el mal, ante la perversidad, ante las circunstancias más aberrantes (a ello le llamo “optimismo trágico”).
Aún en el paroxismo del dolor más intenso, o de la más profunda humillación, se encuentran pizcas y resquicios de bondad, belleza y verdad. La vida es intrínsecamente buena, bondadosa y bella, aún enmedio de una guerra, aún enmedio de un terremoto, aún enmedio de la más lacerante pobreza.
Quizá el doctor Frankl le diría a la generación de hoy lo siguiente: “No importa que pase, tu vida tiene un sentido profundo. Después de un divorcio o separación tu vida tiene sentido. Después de la pérdida de tu ser mas querido, tu vida tiene sentido. Después del accidente más trágico, tu vida tiene sentido. Después de saber que tu hijo o esposo es víctima de la más terrible adicción, tu vida tiene sentido. Después de enterarte que tienes una enfermedad terminal, tu vida tiene sentido. Después de haber recibido los más aberrantes abusos y humillaciones, tu vida tiene sentido. Incluso, después de la muerte, tu vida tiene sentido”.
El doctor Frankl falleció en 1997 y su legado sigue iluminando el sentido de miles de seres humanos. Su muerte tiene sentido porque en ella hay belleza, bondad y verdad. La depresión, la adicción y la agresión surgen cuando se pierde de vista el sentido. Cuando se ve el sentido, uno está dispuesto al inevitable sufrimiento. La perspectiva cristiana va incluso más allá de la visión de este psiquiatra vienés que dice que el sufrimiento es llevadero y tiene sentido.
La visión cristiana establece que el sufrimiento es además redentor. San Pablo dice que en nuestro dolor “completamos lo que le faltó a la pasión de Cristo”. Pero aclaremos: ni la visión de Frankl, ni la visión cristiana son un llamado a un pesimismo trágico, o a la aceptación estoica o masoquista del dolor sin poderlo remediar.
Frankl decía que la mejor manera de activar nuestra actitud ante el sentido de la vida es haciendo el bien. Pero si en ese proceso nos encontramos con el mal, hay que afrontarlo positivamente. Y en esa actitud surge una nueva creación. Quizá también Cristo sostuvo lo mismo cuando declaró que “El trigo y la cizaña crecen juntos”. Un poeta dijo una vez: “Si la vida te presenta mil razones para llorar, demuéstrale que tú tienes mil y una razones para reír”.

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La Decisión Está en tus Manos 
Un día cuando Jesús predicaba a la multitud, se le acercaron
varios jóvenes, uno de los cuales sostenía algo firmemente
en su mano. Como habían escuchado hablar de la sabiduría
de Jesús, los jóvenes planearon engañarlo en público para
burlarse de él. El día anterior habían capturado un pajarito.
Uno de los jóvenes había planeado decirle a Jesús: Maestro,
¿este pájaro está vivo o muerto? Si Jesús le respondía que el
pájaro estaba muerto, el abriría sus manos dejándolo volar
libremente. Si Jesús le respondía que estaba vivo, entonces el
joven le quebraría el cuello a la ave y la mostraría muerta.
El joven, muy seguro de sí mismo, se acercó a Jesús con sus
manos cerradas y le preguntó: “Maestro, ya que eres tan sabio,
dime ¿Qué tengo en mis manos? Jesús le contestó inmediatamente
que tenía un pájaro en sus manos. El joven, sorprendido
por la sabiduría de Jesús, continuó: “Maestro, si eres tan
sabio, dime si el pájaro esta vivo o muerto. Sin vacilar, pero
con una voz solemne, Jesús le contestó: “la decisión está en
tus manos”.
La vida es precisamente así. Sin excusas ni pretextos, las
decisiones de la vida están en nuestras manos. No podemos
ponerle trampas a Dios. Somos los hacedores de nuestra
propia historia; los arquitectos de nuestro propio destino;
los directores de nuestro propio guión; los poetas dél nuestro
propio poema de amor o de desamor, de éxito o fracaso.
No debemos echarle la culpa a nadie de nuestras caídas,
vacilaciones, o errores. Aún considerando nuestras predisposiciones,
no nacemos reprogramados sino libres. Pero sí
hay que reconocer que tomar decisiones es un asunto angustiante,
aunque tenga su sentido trascendente. El filósofo
alemán Erick Fromm, autor de los clásicos El arte de amar
y El miedo a la Libertad postula que los seres humanos tenemos
libertad de decidir, pero no decidimos las consecuencias
de nuestras elecciones. Y he ahí el dilema, en parte. Optar por
un camino o por el otro nos genera grandes oleadas de ansiedad
y angustia.
En la teología de San Ignacio de Loyola, se estipula que
en “tiempos de borrasca no hay mudanza”, es decir, en tiempos
de crisis no conviene tomar decisiones. Aquí el punto es
claro: a mayor estabilidad emocional mayor objetividad, y
a menor estabilidad emocional menor objetividad. Es fácil
equivocarse en una decisión en medio de una crisis (enojo,
depresión, adicción, etc.). Y por otro lado, es más viable
asertar en un contexto de paz espiritual y emocional, y sin
presiones psicológicas externas fuertes. Otro consejo ignaciano
es hacer todo “ad maiorem dei gloriam”, es decir, con la
conciencia de que se hace “para la mayor gloria de Dios”.
Por otra parte, hay muchos que creen que su historia
personal está ya definida por el destino, o determinada por
los astros, o viciada por algún maleficio, o incluso controlada
por Dios mismo. Tal postura paraliza a la persona y la condiciona
a ser menos libre, a no tomar decisiones, o a postergarlas.
Un ejercicio práctico muy recomendado es hacer en una
hoja de papel dos columnas, una con el título de “suerte” y
otra con el título de “libertad” y hacer una lista de las cosas
que están en nuestras manos y de las que no lo están. El resultado
nos sorprenderá. También, en otras ocasiones es difícil
decidir por la ambigüedad del momento: decidir no es necesariamente
pasar de lo malo a lo bueno, o de lo peor a lo
excelente. O también puede haber conflicto de intereses. Por
ejemplo, terminar una relación matrimonial de abuso suele
poner a las personas en un dilema: “Defiendo mi dignidad y
quebro mi promesa a Dios”, o “cumplo mi promesa a Dios al
precio de perder mi dignidad”.
A veces, el no decidir, o no decidir pronto, o a tiempo, trae
también ciertas ganancias ocultas. En su obra El miedo a la
Libertad, Erick Fromm señala que se tiene miedo a ser libre
porque se tiene miedo a enfrentarse a uno mismo, a la responsabilidad,
al protagonismo, a la vida tal cual es. Estamos equipados
con el don de la libertad no para escapar al devenir de
los acontecimientos sino para afrontar lo que aparezca, sea
lo que sea.
Victor Frankl, el famoso psiquiatra vienés, dijo que en la
vida hay dos actitudes que superan a todas las demás por su
elevadísimo contenido ético: (1) cuando a pesar del fracaso
se opta por vivir con sentido y (2) cuando se da una respuesta
buena a algo malo. En ambos casos, se opta por el bien y se
crea algo que no existía. Desde una lectura cristiana se podría
decir que Dios tiene emisarios en la vida que nos ayudan a
tomar decisiones: un amigo, un predicador, un consejero, un
libro, etc.
Y generalmente Dios, nos “habla sin hablar”, con un
lenguaje sutil, escondido, indirecto y gentil. La voz de Dios,
quien respeta con creces la libertad humana, es como el suave
trinar de una golondrina. Sin embargo, hay ocasiones en que
Dios usa sus altavoces: el dolor, la prueba y la tragedia. Pero
aún en esas circunstancias, se nos presenta la gran alternativa
de optar por ser felices o renunciar a serlo.
No debemos olvidarlo nunca: Dios nos ha equipado a
todos para tomar decisiones, y así desafiar a nuestros genes,
a nuestros instintos, al ambiente, a los acontecimientos de la
vida, e incluso a nosotros mismos. Teresa de Calcuta decía
que cuando oremos debemos anteponer una cláusula que
diga más o menos así: “Señor te pido esto, o aquello, pero
siempre y cuando vaya de acuerdo a tus planes. Si no, a mi
tampoco me interesa”.
Podemos incluso decidir poner nuestras vidas en manos
de Dios, o no hacerlo. Finalmente, la decisión más trascendente
de la vida es optar por Dios, o rechazarlo. El Dios que te
creó sin tu consentimiento, no te puede salvar sin tu consentimiento.

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La Tormenta Interior 
Cierto día, un guerrero se encontró con un monje tibetano. El guerrero con reverencia le preguntó al místico: “Hola buen hombre. Siempre he querido saber cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno. Aprovecho el haberme encontrado con tu sabiduría. ¿Me podrías iluminar con una sabia respuesta?” El monje quedó callado y luego musitó: “Tú no mereces ninguna explicación. Eres peor que una serpiente venenosa. Eres un guerrero cobarde y miedoso, indigno de portar tu uniforme con esa insignia”.
El guerrero no podía creer lo que sus oídos escuchaban. Lleno de cólera, y sintiendo una tormenta interior en su pecho, levantó tu espada y profirió. “Maldito monje. En este momento puedo ponerle fin a tu miserable vida con mi afilada espada”. En ese momento el monje dijo. “Ese es el infierno”. El soldado se llenó de vergüenza y comprendió la sabiduría del monje. Se hincó ante él y dijo: “Discúlpame hermano, me dejé dominar por la ira. Entiendo ahora tu mensaje, perdóname”. El monje entonces profirió: “Ese es el cielo”.
Todos hemos experimentado, en algún momento, un infierno dentro de nosotros, cuando hemos sido provocados por algún agresor. El enojo es una especie de energía o emoción fuerte que, algunas veces, no sabemos focalizar y nos puede conducir a pensar o actuar compulsivamente al grado de perder el control. Se le llama también ira, cólera, rabia, coraje, etc. No está en los genes. Nadie nace bravo, ni enojado, ni con ira. Esta conducta se va aprendiendo con los años.
El psicólogo vienés Victor Frankl afirmó que nuestra sociedad está deprimida, aburrida y enojada. Vivimos en una sociedad poco tolerante, apresurada e impaciente. Nuestra sociedad es adicta a la cólera. Eso implica un gasto millonario para el mundo. La cólera genera violencia intrafamiliar; altos niveles de crimen; accidentes de todo tipo; muertes en los centros de diversión y escuelas; la más elevada tasa de suicidios de la historia; guerras entre los pueblos; odio entre las razas, etc.
Pero muchos se preguntan: ¿Cuál es la causa real detrás de una actitud de enojo o una explosión de ira? Hay muchos enfoques para analizar el problema. El primero establece que los enojones se aferran a sus creencias erróneas llamadas distorsiones mentales. Ejemplos: “Esa es mi personalidad y así seré siempre”. “No puedo controlarme, que voy a hacer”. “El mundo es un lugar malo”. “Ya no se puede confiar en nadie”. “Nada bueno sucede en la vida”, etc.
También los perfeccionistas tienden que presentar altos niveles de frustración y enojo. No toleran ni el más mínimo error. Hay también ciertos individuos que tienen un temperamento dominante y agresivo. Eso quizá lo aprendieron en casa. De un papá exigente e intolerante, lo más seguro es que surja un hijo del mismo talante. “Hijo de tigre, pintito”, expresa un popular refrán.
Hay algunos trastornos de la personalidad que presentan rasgos de agresividad: los narcisistas, los perfeccionistas, y los antisociales tienen fuertes ataques de ira. Hay otros trastornos mentales, como el bipolarismo, que también puede conducir al enojo descontrolado. Pudiera ser que el enojo, en muchos casos, tenga su origen en algún trauma de la niñez no resuelto como, por ejemplo, el abuso sexual o psicológico, o la negligencia o abandono. Hay quienes dicen estar enojados porque sus padres se separaron. Otros individuos reportan que su enojo reside en que sus padres vivieron siempre en pleitos constantes.
El enojo, en otros casos, puede ser el indicio de una vida llena de estrés, sin descansos adecuados. Generalmente, las personas adictas al trabajo muestran altos niveles de frustración y coraje. El no descansar adecuadamente, ni cultivar las recreaciones sanas, los hobbies o el deporte, puede resultar en una deficiente actitud ante las ambigüedades, o los conflictos. Y en otras ocasiones, el enojo es directamente producido por el consumo de substancias toxicas (alcohol o drogas). Una persona drogada o ebria puede representar una amenaza, en una situación de conflicto.
Hay muchas maneras de tratar de controlar el enojo. Una de ellas es la psicoterapia o ayuda psicológica profesional. A los enojones consuetudinarios, por ejemplo, se les enseña a leer los signos biológicos de su enojo y, a través de técnicas conductuales, aprenden a controlarlo eficazmente. Los métodos cognitivos van a la raíz del problema porque enseñan a los individuos a hacer una relectura de su vida y de la vida. Después de todo, la salud mental se mide en términos de tolerancia, adaptación y flexibilidad.
Ciertos estudios han demostrado que las personas que se enojan con facilidad corren el riesgo de padecer una enfermedad coronaria o tener un accidente vascular cerebral más elevado. Los monjes del Tíbet, que practican la aceptación y la virtud de la paciencia, poseen una envidiable longevidad. Desde una perspectiva religiosa, la ira es uno de los siete pecados capitales (su virtud opuesta es la paciencia). Dante Alighieri la definió como “un atentado al amor por la justicia, pervertido a venganza y resentimiento”. La Biblia enseña que las personas que practican el perdón, se libran de la esclavitud de la ira. Aun los psicólogos modernos recomiendan practicar el perdón como estrategia para disminuir el resentimiento y el odio.
Perdonar ayuda a disminuir la ansiedad y la depresión, libera de las garras del pasado, disminuye el odio y deseo de venganza y, al mismo tiempo, forma una integridad moral superior. A Voltaire, el reformador francés, alguien le preguntó en una ocasión: “¿Crees en la teoría de que venimos del mono?” Y el replicó: “No lo sé; pero si puedo asegurarte que vamos hacia el lobo”.
El gran reto de nuestro mundo es este: pasar con la ayuda de Dios de una sociedad adicta a la cólera, a una sociedad paciente, tolerante, benevolente y solidaria. Debemos crear más “cielos” y menos “infiernos”.

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