PROTEGIENDO A NUESTRO NIÑOS 
Mi oficina tiene el nombre más largo que cualquier otra en la estructura de la Diócesis de Tucson. Oficina de Protección de Niños, Adolescentes y Adultos.
Ese título abarca tres populaciones muy importantes que cubrimos bajo paraguas de nuestro Programa de Ambiente Seguro diocesano.
Pienso que con frecuencia gentes asocian mi oficina con nuestros esfuerzos en proteger el “Niño” y el “Adolescente”.
Pero, ¿qué quiere decir el “Adulto” en el título? ¿Quién es ese adulto que queremos proteger?
Al describir nuestras responsabilidades dentro del Programa Ambiente Seguro, muy seguido incluimos “vulnerable” para definir más claramente la clase de adultos que nos conciernen o nos preocupan.
Adultos vulnerables, en primer lugar, son aquellos con impedimentos físicos, cognitivos o psicológicos que los hacen vulnerables al abuso o explotación.
Pero, en un sentido más amplio, bajo nuestro Código de Conducta diocesano para empleados y voluntarios, tenemos una responsabilidad para cualquier adulto con quien un sacerdote o diácono, empleado o voluntario laico tenga una relación ministerial. La manera de llevar a cabo esa responsabilidad es conociendo y guardando una distancia propia al darles ministerio.
Entre los adultos que nos preocupan de una manera muy particular son nuestros ancianos. Así como acogemos a los pequeños de nuestras comunidades con especial cuidado, así también somos llamados a dar una reverencia particular por aquellos que llevan muchos años.
Algunos de nuestros sacerdotes y diáconos, empleados y voluntarios están llamados a ministrar a los ancianos yendo a sus hogares o instituciones en donde ellos viven para llevarles la Eucaristía y el consuelo de Cristo.
Entrar en los lugares donde residen nuestros ancianos es un privilegio muy especial. Ahí está todo un conjunto de barreras muy únicas a esa experiencia.
Además, teniendo el privilegio de visitar a los ancianos en el lugar donde habitan coloca en nosotros una responsabilidad de estar en guardia de señales que puedan indicar que la persona mayor haya sido maltratada.
En enero del 2007, escribí por primera vez en este espacio acerca del tema del abuso de personas mayores de edad. (Ver www.diocesetucson.org/POCColumnArchives.html.)
Desde la última parte de 2009, hemos estado trabajando en un proceso más sistemático de estudio y con el uso de la red para aprender más acerca de los peligros con que se confrontan las personas mayores de edad. Aquí esta algo de lo que hemos aprendido hasta ahora.
Cada semana recibo de la oficina del Procurador General (Attorney General) de Arizona un sumario de artículos describiendo crímenes que se han hecho en contra de los ancianos. Estos crímenes son demasiado comunes.
Los ancianos enfrentan todos los riesgos de malos tratos que nuestros jóvenes enfrentan, y más.
Las tres formas más comunes son explotación financiera, negligencia y abuso físico o emocional de parte de quien los cuida.
Lo que complica nuestros esfuerzos en proteger de maltrato a los ancianos, es el hecho de que las personas mayores rehúsen quejarse de las personas que los maltratan, ya sea por miedo de perder la atención recibida o por miedo de que se castigue a la persona que los maltrata.
Además, en caso de negligencia, puede ser que el anciano simplemente no pueda él o ella misma cuidarse efectivamente.
Estos hechos inhiben, o detienen, los esfuerzos de los en forzadores de la ley o de agencias de servicios sociales porque el anciano, como adulto, debe de estar listo para poner una demanda para que sea crimen.
Nuestro clero y empleados laicos y voluntarios se encuentran en una situación privilegiada cuando sirven a los ancianos.
Los Ministros de la Eucaristía, especialmente, por razón de que ellos visitan a los ancianos que no pueden salir de su hogar, se encuentran en una situación de gran responsabilidad. Es por eso que nuestro Programa de Ambiente Seguro requiere que sean escrutinados, o examinados, y entrenados para este ministerio tan especial.
En los próximos meses, nuestro Programa de Ambiente Seguro pondrá más hincapié en proteger a nuestros adultos vulnerables desarrollando educación acerca de en qué estar alerta y qué hacer en caso de que haya una sospecha razonable de que un anciano esté siendo maltratado o esté en necesidad de asistencia.
Información acerca de protección de maltrato a un adulto está disponible en el Centro Nacional del Abuso a los Ancianos, www.ncea.aoa.gov.
Y, si ahorita tiene alguna preocupación acerca de una persona adulta , puede llamar a Servicios de Protección de Adultos al 877-767-2385 o, en caso de mayor urgencia, debe llamar al 911.

[ view entry ] ( 92 views )   |  permalink  |   ( 3 / 88 )
Watch for ‘red flags’ of abuse 
We emphasize consistently and constantly in our Diocese of Tucson Safe Environment Program that all employees and volunteers of the parishes, schools and other ministries within the Diocese should consider themselves mandated reporters whenever they have reasonable suspicion that a child or vulnerable adult is being abused or mistreated.
We also emphasize consistently and constantly the “red flags” of possible abuse or mistreatment. These “red flags” are actually several levels of indicators of distress in a child.
The first level might be called “risk factors.” We know that some children are more vulnerable than others to abuse. This does not mean it is their fault, far from it. It does mean that we must be even more vigilant for the welfare of children with these characteristics.
Children who have a previous history of abuse are more likely to be abused again. Those who do not have good support within the family or among peers and those who suffer with some form of emotional, cognitive or physical disability are more vulnerable to some form of mistreatment.
Our best role when we know of such children is to be alert and supportive. A supportive presence can make a big difference in the life of a wounded child. Alert “trusted adults” are like good shepherds.
The second level of “red flag” indicators is comprised of general signs that call us to look more deeply into the situation of the child. These general signs may be physical, emotional, social or behavioral in nature.
Many physical functions are much influenced by distress. When sleep or appetite is suddenly changed, for example, it is likely that something is wrong. If a child begins to wet the bed or have trouble with bowel control at an age when good control is expected and after a period in which good control was demonstrated, there is some problem that needs to be addressed.
More directly, a child who is fearful in general or who has very poor relationships with peers is a child who needs some encouragement to explore and change his or her perception of the world. Fears of being alone with a person or marked change in mood are somewhat more specific indicators that require our focused attention to determine what has happened.
Achievement and other behavioral changes also are “red flag” indicators of potential problems. A tendency toward impulsive or risky behavior, or difficulty paying attention, warrants our concern. Behaviors that cause specific harm to the self or a remarkable change in school achievement raise red flags and call for immediate follow-up.
While none of these indicators may mean a child is actually being abused, they do all point to a child who may be in trouble.
The third level of “red flag” indicators, however, points more directly to abuse. When these indicators are noted, a call to law enforcement is the very next step.
Indicators or sexual abuse include: unexplained pain or injury of genitalia; pregnancy or venereal disease; sexual knowledge unexpected at the child’s age; or sexual preoccupation in word or actions.
Indicators of physical abuse include: unexplained injuries; history of previous injuries at home; fear of going home; or fading bruises.
Indicators of neglect include: frequent need for food or for money to buy food; poor hygiene or clothing; lack of medical or dental care; or any other indication that point to basic needs not being met or to a lack of adult supervision.
When all is said and done, of course, the final “red flag” level and most reliable indicator of abuse is a report by a child that he or she has been abused. Whether or not the report turns out to be accurate, a report by the child should always be taken seriously and always should lead to making a report to law enforcement.
We emphasize in our Safe Environment Program training that whenever the indicators lead to a reliable suspicion of abuse, there is reason for investigation. That investigation, which is different from making a judgment, needs to be carried out by law enforcement, not the person who has the reasonable suspicion.
Referring to civil authorities to carry out the investigation results in a productive division of responsibilities and puts the investigation in the hands of persons trained to carry it out in a fair and balanced manner.
When the indicators are less specific and do not rise to the level of a reasonable suspicion of abuse, we emphasize that our parish and school staff and volunteers should share their observations with immediate supervisors or closest consultants so that with their assistance the indicator can be evaluated until it is clear what the next step should be.
When an investigation by law enforcement does not produce evidence of abuse, our responsibility to the child is not ended. Continued observation is critical because it may lead to further information and a supplemental report or corrective action.
For more information about signs of abuse, check out this pamphlet:
Recognizing Child Abuse and Neglect: Signs and Symptoms. Child Welfare Information Gateway, June 2007. www.childwelfare.gov/pubs/factsheets/signs.cfm

[ view entry ] ( 146 views )   |  permalink  |   ( 3 / 112 )
Estar en guardia con las “banderas rojas” de abuso 
Nosotros ponemos hincapié consistentemente y constantemente en el Programa del Ambiente Seguro en nuestra Diócesis de Tucson que todos los empleados y voluntarios de las parroquias, escuelas y otros ministerios existentes dentro de la Diócesis debieran considerar como mandato propio la obligación de reportar cuando tengan una sospecha razonable de que un niño o un adulto vulnerable está siendo abusado o maltratado. Nosotros también ponemos hincapié consistentemente y constantemente en las “banderas rojas” de posible abuso o maltrato. Estas “banderas rojas” son actualmente varios niveles de indicadores de dolor o angustia en un niño.
El primer nivel puede ser llamado “factores de riesgo”. Nosotros sabemos que algunos niños son vulnerables al abuso más que otras Esto no quiere decir que es su culpa, muy lejos de eso. Lo que significa es que debemos ser aún más vigilantes del bienestar de estos niños con esas características.
Niños que tienen historia previa de abuso es muy posible que corran el riesgo de ser abusados otra vez. Aquellos que no tienen buen apoyo en su familia o entre amigos y aquellos que sufren de alguna forma emocional, cognitiva o incapacidad física son más vulnerables a cierta forma de maltrato. Cuando estamos a sabiendas de estos niños, lo mejor que podemos hacer es el de estar alerta y apoyarlos. La presencia de apoyo puede hacer la gran diferencia en la vida de estos niños. “Adultos de confianza” alertas son como el Buen Pastor.
El segundo nivel de los indicadores consta de signos generales que nos llaman a ver más a fondo una situación. Es posible que estos signos generales puedan ser de naturaleza física, emocional, social o de comportamiento. Buen número de las funciones físicas en estos niños vienen a consecuencia de angustia. Cuando, por ejemplo, hay cambios repentinos en el dormir y en el apetito, es probable que algo ande mal. Si un niño empieza a orinarse en la cama o tiene problema en controlar su intestino cuando está en la edad en que un buen control es esperado y después de un período en el que un buen control fue demostrado, ahí se encuentra un problema que necesita ser resuelto. Más directamente, un niño que es en general miedoso o que tiene muy pobre relación con sus compañeros es un niño que necesita que se le dé ánimo en explorar y cambiar su percepción del mundo. El temor de estar a solas con una persona o el cambio marcado en su modo o disposición son indicadores más específicos que requieren el enfoque de nuestra atención para determinar lo que haya pasado.
Otros indicadores, como logros y otros cambios en el comportamiento, son también indicadores de “banderas rojas” de problemas potenciales. Una tendencia hacia comportamientos impulsivos riesgosos, o dificultad en poner atención, justifica nuestra inquietud. Comportamientos que causan daños específicos a sí mismo o un cambio notable en el aprovechamiento escolar levantan banderas rojas que exigen buscar y encontrar inmediatamente el problema.
Mientras que ninguno de estos indicadores pueda manifestar que un niño haya sido actualmente abusado, todos apuntan hacia un niño que puede estar en problemas.
El tercer nivel de indicadores, como quiera, apunta más directamente al abuso. Cuando se notan estos indicadores, una llamada a los aplicantes de la ley, es el mejor paso a seguir.
Indicadores de abuso sexual incluyen: dolor inexplicable o injuria en los órganos genitales; embarazo o enfermedades venéreas; conocimiento sexual inesperado a la edad del niño; preocupación sexual en palabra y acciones.
Indicadores de abuso físico incluyen: Injurias inexplicables; historia de injurias previas en casa; miedo de ir a casa; o moretones desvaneciendos.
Indicadores de negligencia incluyen: necesidad frecuente de comida o de dinero para comprar comida; falta de higiene o ropa; ausencia de cuidado médico o dental; o cualquier otra indicación que apunte a necesidades básicas no provistas o la falta de supervisión de un adulto.
Cuando todo está dicho y hecho, naturalmente, el nivel final de “bandera roja” y el indicador más seguro de abuso es el reporte de un niño que él o ella ha sido abusado-a. Aunque el reporte llegue a ser o no exacto, el reporte por un niño debe siempre tomarse seriamente y siempre debe conducir al hacer un reporte a las autoridades de polcía.
Nosotros hacemos hincapié en nuestro entrenamiento en el Programa del Ambiente Seguro que siempre que los indicadores dirijan a una sospecha segura de abuso, ahí hay una razón para investigación. Esa investigación, que es diferente al hacer un juicio, necesita ser llevado a cabo por las autoridades de policía, no por la persona que tiene la sospecha.
Refiriendo la investigación a las autoridades civiles para que la lleve a cabo resulta en una división productiva de responsabilidades y pone la investigación en las manos de personas entrenadas a llevarla a cabo de una manera justa y balanceada.
Cuando los indicadores son menos específicos y no se levantan al nivel de una sospecha razonable de abuso, nosotros ponemos hincapié que el personal y voluntarios de nuestras parroquias y escuelas compartan sus observaciones con sus supervisores inmediatos o consultores más cercanos para que con su asistencia el indicador sea evaluado hasta que esté bien claro el siguiente paso que se deba dar.
Cuando una investigación hecha por un aplicante de la ley no produce evidencia de abuso, no quiere decir que nuestra responsabilidad con el niño se haya terminado. Es crítico que continúe la investigación porque puede llevar a más información y a un reporte suplemental o acción correctiva.
Más allá de reportes de abuso o acción correctiva por comportamiento imprudente, tampoco debemos olvidar nuestra obligación de extender la mano, cuando se ponen en las manos de los aplicantes de la ley para que ellos lo hagan, en un esfuerzo de ayudar a las familias afectadas por abuso o cualquier otro problema con que se puedan enfrentar, psicológicamente y financieramente.
Para más información acerca de señales de abuso, por favor lea el siguiente folleto: Cómo reconocer el maltrato de menores: Los síntomas y los indicios Child Welfare Information Gateway, Marzo 2008. www.childwelfare.gov/pubs/factsheets/sp_signs.cfm


[ view entry ] ( 136 views )   |  permalink  |   ( 3 / 107 )
The issue of pornography 
I write often in this space about the “public” behaviors that are important to our efforts to create safe environments in our parishes and schools.
These are the behaviors of keeping boundaries with those we serve in our ministries, the behaviors of our safe environment compliance plans and the behaviors of always reporting suspicions of child abuse.
But I seldom write about “private” behaviors. This month, though, I want to address a “private” behavior that can be a precursor for corruption in ministry, and that is the use of pornography.
It is not easy to write about pornography. It is not a pretty subject, but neither is it a subject we can afford to ignore.
There are various types of pornography.
Child pornography is plain and simple a crime in addition to being a sin. The use of child pornography must be reported to law enforcement.
The other types of pornography may not be crimes, but they are still very dangerous to the spiritual well being of our society and of the individual that uses them.
While pornography in all its forms is of concern, it is Internet pornography that is proving to be the most pervasive and prone to compulsive use.
Internet pornography draws people in with its promise of secrecy, although in the end nothing could be more public. Internet browsing can be tracked and recovered very easily.
It also claims to hurt no one. Yet this is an industry that grinds many lives in the cogs of its wheels.
Beyond its societal effects, pornography has two major adverse effects on the person who uses it.
First, it promises relationship, but it is empty. It offers only the illusion of relationship. In the end, it is nothing but images. As for a person who eats food with empty calories, the satisfaction is fleeting. The pornography user is drawn to seek more and more, all without good effect.
Second, it is lived in secret. In the case of a person who is publicly committed to serving our Church, secret use of pornography sets up a “disconnect” between stated and lived values.
Acting in private in a manner that is inconsistent with one’s public life erodes integrity. When it is exposed, it also supports the prejudice of those who wish to believe that all persons of religious faith are hypocrites, further damaging the mission with which we have been entrusted.
What help is there for persons caught in the web of pornography?
Treatment of compulsive use of pornography usually involves a combination of cognitive-behavioral psychotherapy and 12-Step support groups.
Persons struggling with their use of pornography over the Internet could benefit from the self-help book, “Getting Internet Pornography Out of Your Life.”
Published by social worker Chris Countryman, it is a guide for individuals and families that makes very clear how pornography adversely affects the life of the user in addition to doing harm to those who are used in its manufacture.
It offers very specific paths on how to get out of the compulsive swamp of Internet pornography, whether one has just a foot in the muck or is sinking entirely.
More information is available at www.directactionbooks.com.
Awareness of the societal harm caused by pornography is an important consideration in combating its effects.
Last year, the Secretariat of Pro-Life Activities of the U.S. Conference of Catholic Bishops published a very informative pamphlet on pornography.
“Pornography: What’s the Problem?” begins with some statistics on what author Mark Houck called the “startling growth” of the industry, including revenue generated, web pages established and the number of users, many of whom sadly are the youth of our country.
The pamphlet is free at www.usccb.org/prolife/programs/rlp/houck.pdf.

[ view entry ] ( 194 views )   |  permalink  |   ( 3.1 / 105 )
El problema de pornografía 
Con frecuencia escribo en este espacio acerca de los comportamientos del “público” que son importantes a nuestros esfuerzos en crear un ambiente seguro en nuestras parroquias y escuelas.
Estos son los comportamientos en guardar nuestra distancia con aquellos que servimos en nuestros ministerios, los comportamientos de nuestros planes de rendimiento para un ambiente seguro y nuestros comportamientos en siempre reportar sospechas de abuso a niños.
Pero muy raramente escribo acerca de comportamientos “privados”. Este mes, sin embargo, quiero dirigirme al comportamiento “privado” que puede ser un precursor de corrupción en el ministerio, y ese es el uso de pornografía.
No es fácil escribir acerca de pornografía. No es una materia muy amena, pero tampoco es una materia que se puede ignorar.
Hay varios tipos de pornografía.
Pornografía de menores es simple y claro un crimen además de ser pecado. El uso de pornografía de menores debe ser reportado a las autoridades.
Los otros tipos de pornografía puede ser que no sean crímenes, pero aun todavía son muy peligrosos para el bienestar spiritual de nuestra sociedad y del individuo que los utiliza.
Mientras que la pornografía en todas sus formas es de cuidado, es la pornografía por medio de la red la que prueba ser la más penetrante y la más propensa al uso compulsivo.
Pornografía de la red atrae a las personas con la promesa de secrecidad o guardarse en secreto, aunque al final nada puede ser más público. Recorriendo la red deja huellas de las cuales se puede encontrar y recuperar fácilmente su origen.
Esto también afirma que no lastima a alguien. Sin embargo esta es una industria que pulveriza muchas vidas en los engranes de sus ruedas.
Más allá de los efectos sociales, la pornografía tiene dos mayores y adversos efectos en la persona que los usa.
Primero, promueve una relación, pero es vacía. Ofrece solamente la ilusión de una relación. Al final, no es nada más que imágenes. Así como una persona que come comida sin calorías, la satisfacción es fugaz. La persona que acude a la pornografía es atraída a buscar más y más, todo sin ningún buén efecto.
Segundo, es vivida en secreto. En el caso de una persona que está públicamente comprometida a sevir nuestra Iglesia, el uso secreto de pornografía empieza una “desconección” entre los valores dichos de los dientes para afuera y los vividos.
Actuando en privado de una manera que es inconsistente con la vida pública de uno erosiona la integridad propia. Cuando es expuesta, también apoya el prejuicio de aquellos que desean creer que todas las personas de fe Religiosa son hipócritas, lastimando más la misión con la que hemos sido encomndados.
¿Qué ayuda hay para las personas atrapadas en la red de pornografía?
Tratamiento para el uso compulsivo de pornografía usualmente envuelve una combinación de psicoterapia cognitiva_y comportamiento y grupos de apoyo de 12 –pasos.
Personas luchando con el uso de pornografía por medio de la red se pudieran beneficiar con el libro ayuda-propia, “Getting Internet Pornography Out of Your Life.” Publicada por la trabajadora social Chris Countryman, es una guía para individuos y familias que hace ver claramente cómo la pornografía afecta adversamente la vida de quien la usa además de hacer daño a aquellos que son usados en su manufactura.
Este libro ofrece pasos específicos en cómo salirse de este pantano compulsivo de pornografía de la red, ya sea que uno tenga apenas un pie en el estiércol húmedo o se esté hundiendo enteramente.
Más información está disponible en www.directactionbooks.com.
Conocimiento del perjuicio o daño a la sociedad causado por la pornografía es una consideración importante en combatir sus efectos.
El año pasado, el Secretariado de Actividades Pro-Life de la Conferencia de Obispos Católicos de los E.U. publicó un folleto muy infomativo en pornografía. “Pornografía: ¿Cuál es el Problema?” empieza con algunas estadísticas en lo que el autor Mark Houck lo llama “alarmante crecimiento”de la industria, incluyendo renta generada, páginas de la red establecidas y el número de usuarios, muchos de los cuales son tristemente los jóvenes de nuestro país.
El folleto es gratis en www.usccb.org/prolife/programs/rlp/houck.pdf.

[ view entry ] ( 218 views )   |  permalink  |   ( 3 / 102 )

<<First <Back | 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | Next> Last>>