The New Vision

Un tiempo para hacer cada cosa

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Por Eleazar Ortíz

Todas las mañanas al empezar la primera clase trato de esperar a mis estudiantes y darles los buenos días.  Uno a uno van llegando y, si no listos para empezar el día, resignados a pasar siete horas  en la escuela.  Unos llegan calmados y otros llegan apurados. Unos llegan muy serios y otros muy sonrientes. Unos llegan bien abrigados y otros en camisetas. Lo que hay en común en casi todos es su teléfono celular en la mano, sus audífonos y sus cables que empiezan en un bolsillo y terminan en las orejas.  Además sus mochilas, ya sea en sus espaldas, colgadas de sus hombros o el tipo urbano cruzando el pecho.  Todo este equipo es lo indispensable para un joven de preparatoria.  Todas estas imágenes me transportan a otras épocas y a otros actores. Trato de ver el mundo de hoy a través de sus ojos y trato de no comparar sino entender las épocas.
Los muchachos están muy ocupados en un espacio que se prolonga cuando mucho lo que alcanzan sus brazos extendidos. El celular es parte de su indumentaria y de sus quehaceres diarios. El celular es una tentación si se tiene a la vista. Por lo tanto, una vez que los estudiantes se están preparando para empezar sus labores dentro del salón, se sientan, sacan su celular, lo revisan por aquello de una llamada perdida o algún texto sin leerse. Lo deben de poner dentro de su mochila o las bolsas del pantalón. Lo deben de poner fuera de la vista. Luego, hay que arreglar los audífonos y sus cables y el “ipod”. Todo esto se tiene que guardar y ponerse fuera de la vista, al igual que los celulares. Todo esto debería ponerse fuera de la vista porque en ocasiones eso no sucede y el maestro tiene que hacer notar que todo se tiene que guardar.  Entonces, pienso, hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para nacer y un tiempo para morir.
Recuerdo que en los últimos años de los sesentas escuché por primera vez la canción “Turn, turn, turn”. La letra, que no sabía en un principio que era un texto bíblico, me hizo comprender la temporalidad de la vida humana. Me hizo entender que no había tiempo para perderlo en nada. El Eclesiastés lo pone en términos muy fáciles y nos dice que hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír. Los estudiantes argumentan que hacen mejor su trabajo si están escuchando música. En algunas ocasiones, con buenos modales, piden permiso para contestar el teléfono porque es su mamá la que habla. Y así, hay veces que lo duro de una regla de disciplina se tiene que remojar para que se ablande un poco. La letra del capítulo tres de Eclesiastés (1-9) termina “Al final ¿qué provecho saca uno de sus afanes?” y me hace pensar en mis estudiantes y las modas de las épocas y de nuestros afanes.
No puedo comparar generaciones pero si, como lo plantee al principio, ver la época a través de los ojos de estos jóvenes. Al hacer esto tengo que ser honesto y ver a mi alrededor. Sobre el escritorio de mi computadora donde escribo está mi celular y estoy escuchando música de Amaral y Belanova mientras escribo. En estas quinientas palabras he contestado dos textos y mi celular ha sonado dos veces y las dos veces tuve que contestar.  Me siento mejor escuchando música y siento que puedo hacer varias cosas al mismo tiempo. Sin embargo, dónde está el límite entre el “tiempo para buscar y el tiempo para perder”. Cada uno debe buscar sus límites y entender que en ocasiones va haber únicamente un tiempo para hacer cada cosa.

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